Seis poemas para entrar en «Entre notas y sueños» de César Alfonso Viñas
Llevo semanas con este libro encima de la mesa, y ya sé lo que me van a decir: ¿un poemario entero sobre Queen? Sí. Y conviene quitarse pronto el prejuicio, porque lo que hace César Alfonso Viñas aquí no es fan fiction rimada: es algo mucho más viejo y más noble. Es lo que los poetas del cancionero llamaban glosar — tomar un texto ajeno y darle vueltas hasta que dice lo que el original solo insinuaba. Viñas glosa canciones como otros glosaron coplas, y el resultado se parece menos al rock sinfónico que al romancero: verso corto, asonancia que no se exhibe, estribillos que vuelven como vuelve el mar.
El libro es generoso — casi ochenta poemas, ordenados como un concierto, con obertura, suites y coda — y como todo libro generoso, se merece una puerta de entrada. Estos son, para mí, los seis poemas por los que hay que entrar.
1. «La marcha de la reina negra»
El poema que abre el libro y el que mejor explica su método. La reina negra avanza «sobre el tablero blanco / con su mirada de hielo / y su corona de espinas», y durante cuatro estrofas uno cree estar leyendo un poema de ajedrez, hasta que cae en la cuenta de que está leyendo un poema sobre el bien y el mal escrito con piezas de ajedrez. Su gracia mayor es que no va solo: unas páginas después, «Reina blanca» lo repite verso a verso en espejo — donde había hielo hay amor, donde había marcha hay espera — y las dos preguntas finales son idénticas. Ese díptico especular es la jugada más elegante del libro: dos poemas que son uno, como las dos caras de un mismo tablero.
2. «Treinta y nueve ('39)»
La canción de Brian May sobre viajeros relativistas era ya un romance esperando su idioma, y Viñas se lo da. Aquí está el mejor poema narrativo del libro: una nave, un año de viaje, cien años perdidos, y ese remate que parece robado a un pliego de cordel — «sus esposas y sus padres / ya habían muerto de amor». Morir de amor: la fórmula más gastada de la lírica tradicional, puesta exactamente donde vuelve a ser verdad. La ciencia ficción contada como se contaba lo del conde Arnaldos. No se puede pedir más economía.
3. «La Red Special»
Mi favorito, y sospecho que el de cualquiera que lo lea dos veces. Es un poema-inventario: la guitarra que Brian May construyó con su padre, contada material a material — «un tronco de caoba roja / de una vieja chimenea, / un trozo de roble / de una mesa de té», los muelles de motocicleta, las cuerdas de piano. La enumeración es un procedimiento antiquísimo (los catálogos homéricos, las armas del héroe), pero aquí sirve a una idea moderna y conmovedora: la épica de lo pobre. El héroe no recibe la espada de un dios; se la fabrica con la chimenea de casa. Cuando el poema concluye que «con pocos recursos / se puede hacer una gran canción», ya no es una moraleja: es la descripción exacta de lo que acabamos de ver hacer.
4. «Another One Bites the Dust (II)»
El libro trae dos versiones del mismo tema, y la segunda es la más arriesgada formalmente de todo el volumen. «Otro muerde el polvo / y otro cae / y otro cae»: la repetición no es un defecto sino el asunto mismo — el poema cae como caen los cuerpos, de tres en tres, y cada estrofa cierra su letanía con un desamparado distinto: el vencido, el herido, el perseguido, el olvidado. Es poesía de tradición oral en estado puro, hecha para el oído antes que para la página. Léanlo en voz alta; en silencio pierde la mitad.
5. «Alguien a quien amar»
Tercera variación sobre «Somebody to Love» — y hay que decir que este libro no se repite: varía, como se varía un tema musical. Donde la segunda versión pedía «un poco de calor, / un poco de color», esta tercera sube el registro sin perder la súplica: «un rayo de sol, / un matiz de arrebol», «un susurro de paz, / un ritmo de jazz». Es la misma pregunta — ¿alguien podrá amarme? — pasada por un tamiz más fino, y leída junto a sus hermanas demuestra lo más difícil de demostrar en poesía: que la forma cambia el sentimiento. La antología de las tres juntas es una pequeña lección de retórica; esta, la más lograda.
6. «Brian May llora la muerte de su amigo Freddie»
Y la elegía. Toda la poesía española de duelo, de Manrique en adelante, sabe que el llanto verdadero no se declama: se enumera. Este poema lo sabe también. Cinco estrofas, todas arrancando igual — Brian May toca, recuerda, siente, llora, dedica — y en cada una el amigo muerto nombrado sin eufemismo: «su amigo Freddie era su hermano». La anáfora hace aquí de responso; la sencillez, de sinceridad. Que el libro lo coloque en la coda, justo antes de «El espectáculo debe continuar», es un acierto de arquitectura: primero el llanto, después el legado, que es el orden en que se sobrevive a los muertos.
Podría haber elegido otros — la crónica risueña de «Puebla» y sus zapatos volando al escenario, o esa ocurrencia magnífica de hacer que Homero, Píndaro y Jim Morrison canten cada uno su «Under Pressure» —, pero estos seis dibujan el mapa completo: el símbolo, el romance, el inventario, la letanía, la variación y la elegía. Que todo eso quepa en un libro «sobre Queen» dice algo de Queen, desde luego. Pero dice bastante más de quien lo escribió.
El editor

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