miércoles, 9 de septiembre de 2026

«Nubú y Dudín. Dos ositos en la bahía», de César Alfonso Viñas: la aventura de lo cotidiano

Resumen (o por qué deberías leerlo) Dudín es un osito marrón que se despierta a las seis y trece, dos minutos antes de que suene el despertador, y que lleva once años mirando un trozo de bahía del tamaño de un folio antes de irse a trabajar. Nubú es una osita panda con «las manos que curan», fisioterapeuta, que cose las mangas descosidas sin que nadie la vea. Viven en Algeciras, en la barriada de la Piñera, y su vida transcurre entre el levante que silba en las persianas, el camión Iveco de RHINO Alquiler de Maquinaria y un círculo de gente normal: Juan Pablo, el compañero que toca el claxon exactamente dos veces; Rocío, su novia, que escribe cuplés; Lorena, la fisioterapeuta autónoma; Fali, el tejador de pocas palabras. El detonante es una ruina: una caseta abandonada junto al faro de Punta Carnero que Juan Pablo para a mirar un día, casi sin querer. ¿Y si aquello fuera una casa donde la gente del barrio pudiera recibir fisioterapia sin pagar un dineral? Lo que sigue es un año entero —de enero a diciembre, en cuatro estaciones y veinticuatro capítulos— de averías, presupuestos imposibles, papeleos con Costas, carnaval en Cádiz, ballenas en el Estrecho, una boda a la que se va la luz, un viaje a Ceuta y una cadena humana de favores que nadie pidió y todos dieron. Del señor de ochenta y dos años que lleva diecisiete años guardando mil euros «para cuando hicieran falta» a la arquitecta sin obra que recupera su oficio, pasando por sesenta y tres vecinos pasándose una carretilla de mano en mano durante hora y cuarenta minutos. No hay villanos. No hay catástrofes. Hay algo mejor: la demostración, capítulo a capítulo, de que «la gente se ayuda» es la aventura más grande que existe. Y cierra con una carta de Nubú, escrita para «el que abra esto cuando yo ya no esté», que se queda grabada en la memoria como las mejores postales de los libros que uno quiere regalar. Crítica Lo mejor: una voz. Viñas escribe con un oído prodigioso para el diálogo andaluz sin costumbrismo forzado. Los personajes no «hablan bonito»: hablan justo. La escena del carnaval de Cádiz —Dudín llorando de risa agarrado del brazo de un señor disfrazado de faro— es comedia pura, pero es también una tesis: «el carnaval es la queja bien hecha». Esa doble escritura, que hace reír y piensa al mismo tiempo, sostiene todo el libro. El territorio como protagonista. El Campo de Gibraltar no es decorado: es un personaje con humedad, gasoil y historia. El Peñón «como un vecino grande que nunca saluda», el levante como pronóstico del día, África visible desde la ventana del salón, Bolonia, Getares, el Rinconcillo... El libro es, de regalo, el mejor retrato reciente de una ciudad que rara vez sale de las noticias de narcotráfico para entrar en la ficción. Aquí Algeciras es otra cosa: gente que se queja del viento y no se iría a vivir a ningún otro sitio. La estructura cumple lo que promete. El año cíclico (el capítulo final es, deliberadamente, casi idéntico al primero) no es un juego: es la tesis moral del libro. «Las cosas importantes no cambian la vida. La vida sigue siendo el lunes, el levante, el termo y el compresor viejo. Lo que cambian es lo que cabe dentro de ella.» Ese final es de los que se subrayan. Los osos: un acierto arriesgado. Meter dos ositos de peluche en un realismo casi documental podría haber sido un recurso cursi, y no lo es. Precisamente porque Nubú y Dudín son osos —pequeños, metro y medio, «que todavía creen que los ositos existen»— el libro puede decir en voz alta cosas que un personaje «serio» no podría sin ruborizarse. La carta final de Nubú («yo pensé que la gente como yo está en el mundo para acompañar a los que hacen cosas. Y no es verdad») funciona gracias a esa apuesta. ¿Y lo flojo? Hay que decirlo, porque una crítica que solo aplaude no sirve. El tono es tan uniformemente tierno que a veces echa de menos una escena de fricción real: los conflictos (el cliente difícil, el divorcio, el dinero) se resuelven con una amabilidad que roza lo idílico, y el lector escéptico puede sentir que en esta bahía nadie dice un «no» definitivo. Algunos capítulos episódicos (el camión que no arrancó, la ida y vuelta a Ceuta) avanzan poco la trama y dependen por completo de que te hayas enamorado ya de la troupe. Y la fórmula del fragmento corto con remate final —eficacísima en el 80% de los casos— se repite hasta volverse previsible, como un compás de chirigota que uno ya conoce. Pero son objeciones menores frente a lo que logra el libro: convertir la solidaridad —esa palabra gastada— en una trama con suspense de verdad. ¿Conseguirán el tejado? ¿Firmará Costas la cesión? Uno llega a preocuparse por un permiso de obra como otros se preocupan por un dragón. Veredicto Una novela-radiografía de lo común, escrita con oficio, humor andaluz y un corazón descomunal. No es un libro para quien busque giros argumentales; es un libro para quien crea —o quiera volver a creer— que los barrios existen y que las cosas, si las empiezas, se acaban haciendo. Como dice Nubú: «Tarda lo mismo si lo haces que si no lo haces. Once meses pasan igual.» Puntuación: 8,5/10. Perfecto para regalar, para leer despacio y para leer en voz alta. Y ojo a la bisagra de la puerta azul: hay que echarle aceite cada dos años, que si no se come el salitre. Néstor Beltrán

«Nubú y Dudín. Dos ositos en la bahía», de César Alfonso Viñas: la aventura de lo cotidiano

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