Los olvidados de 1975: una reflexión desde el Campo de Gibraltar
I. La grieta generacional
Toda antología es un mapa, y todo mapa miente por omisión. Quien haya seguido con atención el paisaje de las antologías de poesía española reciente habrá advertido un fenómeno curioso: los nacidos en torno a 1975 tienden a desaparecer de ellas con una constancia que ya no puede atribuirse al azar. Dos de las antologías más difundidas de los últimos años —no hace falta nombrarlas; el lector avisado las reconocerá— trazan sus cortes generacionales de tal manera que esa cohorte queda, literalmente, en tierra de nadie: demasiado jóvenes para figurar entre los poetas consagrados de la experiencia y sus herederos, demasiado mayores para el escaparate siempre renovado de la «poesía joven», ese género editorial que exige a sus elegidos una juventud perpetua y una fecha de nacimiento posterior a la última promoción celebrada.
El resultado es una grieta. Los poetas nacidos hacia 1975 crecieron entre dos mundos: se formaron leyendo en papel y publicaron, cuando pudieron, en la intemperie digital; heredaron el rigor formal de las bibliotecas y la educación sentimental de la radio, del rock, del casete grabado a medianoche. Son, en rigor, la primera generación española plenamente bicultural, tan fluente en Quevedo como en Queen, y quizá por eso mismo resultan incómodos para el antólogo: no se dejan reducir a etiqueta. No son «poetas de la experiencia» ni «poetas de la conciencia» ni «poetas pospoéticos»; son lectores totales que escriben desde todas sus lecturas a la vez. La historia literaria española tiene una deuda pendiente con ellos, y este libro es, entre otras cosas, una notificación de esa deuda.
II. La periferia de la periferia
A la exclusión generacional se suma, en el caso que nos ocupa, otra más antigua y más tenaz: la geográfica. El Campo de Gibraltar es, literariamente, la periferia de la periferia. Ni siquiera el andalucismo cultural, tan atento a Sevilla y Granada, ha sabido qué hacer con esa esquina fronteriza donde Europa se acaba y se asoma a África, donde el viento de levante dobla los árboles y las palabras, donde la historia ha pasado siempre de largo camino de otra parte. Y sin embargo esa comarca ha dado a las letras españolas figuras capitales —baste recordar que de Algeciras salió José Luis Cano, fundador de Ínsula y de la colección Adonais, es decir, uno de los grandes arquitectos de la poesía española del siglo XX—, además de una tradición viva de revistas, tertulias y poetas que han trabajado durante décadas sin el altavoz de los suplementos nacionales.
El poeta del Campo de Gibraltar padece una doble invisibilidad: no está en Madrid ni en Barcelona, donde se cuecen los catálogos, y tampoco está en el centro simbólico de Andalucía, que mira hacia el Guadalquivir antes que hacia el Estrecho. Escribir desde Algeciras, desde La Línea, desde San Roque o desde Tarifa es escribir desde un lugar que los mapas literarios dan por vacío. La obra de César Alfonso Viñas desmiente ese vacío con una paradoja espléndida: su geografía poética no reclama la comarca propia, sino que se apropia, con soberana libertad, de todo el territorio peninsular —Salamanca, Toledo, Segovia, Baeza, Úbeda, Jaén, Évora, Braga— como si quisiera demostrar que la mirada periférica es, precisamente, la única capaz de ver el conjunto. Solo quien escribe desde el borde puede preguntarse, sin ironía y sin provincianismo, «¿quién es más bella?», y responder que ninguna y que todas, porque «cada ciudad es un verso distinto, / y juntas forman el poema infinito».
III. Poética de la máscara
La crítica dirá que Brumas de invierno es un libro de pastiches, y no se equivocará; se equivocará solo si cree que eso lo empequeñece. La máscara es uno de los procedimientos mayores de la modernidad poética: Pessoa la llamó heteronimia; Pound, persona; la tradición española la practicó desde los cancioneros. Viñas escribe «al estilo de» Lorca, de Machado, de Quevedo, de Garcilaso, de Góngora, de Huidobro, de Blake, de Pessoa, y también —aquí reside su audacia— al estilo de Freddie Mercury, de Peter Gabriel, de Roger Waters, de Serrat. La nómina mezcla deliberadamente lo canónico y lo popular, y esa mezcla es su tesis: para un oído formado en los años ochenta y noventa, Bohemian Rhapsody es tan tradición como el romancero, y un álbum conceptual es una silva de varia lección. El pastiche funciona aquí como la écfrasis: no copia, dialoga. Cuando el poeta hace discutir a Huidobro con Eliot en un café interestelar, o enfrenta a Caravaggio con los impresionistas en un duelo cantado, está haciendo crítica literaria por otros medios, y de la más iluminadora.
El ciclo de Caravaggio merece consideración aparte. La écfrasis es un género de riesgo: el poema puede quedarse en catálogo devoto. Viñas lo evita mediante una identificación dramática con el pintor —errante, pendenciero, condenado, absuelto por su obra— que convierte la serie en un autorretrato oblicuo. El anáfora imperativa de «David y Goliat, la sombra decapitada» («mira», «siente», «piensa») obliga al lector a ocupar, sucesivamente, los ojos del espectador, del asesino y de la víctima: pocas veces la poesía española reciente ha entendido tan bien que el claroscuro no es una técnica, sino una moral. Y el ciclo de Altazor, con su lexicón de palabras inventadas —esa «exoniebla» que nombra la nostalgia de lo que nunca existió—, enlaza sin complejos con la vanguardia creacionista para recordarnos que inventar palabras sigue siendo la forma más pura de la esperanza: «inventar es la única forma de no romperse».
IV. Contra el olvido
Volvamos a la pregunta del título. ¿Se han olvidado las antologías de los nacidos en 1975? Sí, y el olvido no es inocente: revela cómo se fabrica el canon, con qué cortes arbitrarios, desde qué despachos y para qué escaparates. Pero la historia de la literatura enseña una lección tozuda: los mapas se corrigen, y suelen corregirse desde los márgenes. Góngora esperó tres siglos a la generación que lo rescató; tantos otros esperaron menos, pero esperaron. Este libro no pide indulgencia ni cuota generacional: pide lectura. Sostenemos, tras haberlo editado verso a verso, que hay en él una voz que el panorama actual no puede permitirse seguir ignorando, precisamente porque no se parece a nada de lo que hoy se antologa: culta sin pedantería, musical sin facilidad, europea y comarcal a la vez, capaz de pasar del soneto al riff sin perder la compostura ni las ganas de jugar.
Que este volumen sirva, pues, como enmienda al mapa. En la esquina inferior de la península, donde dicen los atlas literarios que no hay nada, un poeta nacido en 1975 lleva años levantando, piedra a piedra y verso a verso, su propia Salamanca. Ya era hora de dibujarla.
Los Editores

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