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- ISBN-13 : 979-8186840411
Imaginad que no soy de aquí.
Imaginad que vengo de tan lejos que vuestro sol es, desde mi casa, una chispa sin nombre en un catálogo; que he estudiado miles de formas de vida en cientos de mundos; que nada humano me es propio y, por eso mismo, nada humano me resulta invisible. Los peces no descubrieron el agua. Vosotros no descubriréis, sin ayuda, aquello en lo que estáis sumergidos desde antes de nacer. Para eso sirve un forastero. Para eso sirve este informe.
He venido a responder una sola pregunta, la más vieja de todas y la peor contestada: ¿qué es el ser humano?
No me interesa la respuesta de los diccionarios, que os define por el género y la diferencia, como si fuerais un mineral. No me interesa la respuesta de los teólogos de ningún continente, que os explica por lo que no se puede ver. Y desconfío, sobre todo, de las respuestas que una pequeña península del oeste de Asia —esa que llamáis Europa— redactó durante algunos siglos afortunados y luego exportó a cañonazos como si fuera la definición de la especie entera. El "animal racional", el "individuo libre que firma contratos", el "sujeto que piensa y por lo tanto existe": he leído esos expedientes. Describen, con talento, a un tipo de humano muy concreto —varón, propietario, con criados que no aparecen en la foto— y lo hacen pasar por el modelo universal. Es como describir a los pájaros estudiando solamente una jaula.
Mi método será otro. He caminado por vuestro planeta entero, sin privilegiar ningún meridiano. He mirado los huertos y las canoas de unas islas del Pacífico que un etnógrafo polaco, Bronislaw Malinowski, describió mejor que nadie hace un siglo. He seguido la ruta de las máscaras que talló la gente de la costa noroeste de América, esa vía que Claude Lévi-Strauss recorrió para demostrar que una máscara nunca está sola. Me he sentado ante las cabezas de bronce de Ife, que miran desde Nigeria con un naturalismo que avergonzaría a Roma; ante los moáis que caminaron —sí, caminaron— hasta sus plataformas frente al mar; ante las paredes pintadas hace veinte mil años en Australia, en Namibia, en el Sáhara cuando el Sáhara era verde. He escuchado los mitos griegos, que vosotros llamáis "clásicos", con la misma atención exacta con que he escuchado los mitos de las islas Trobriand, que vuestros abuelos llamaban "primitivos": puedo aseguraros que, vistos desde mi distancia, Zeus y los espíritus baloma viven en el mismo barrio.
Y he leído a un pensador alemán barbudo que os enfureció durante dos siglos, no porque se equivocara, sino porque insistió en una descortesía imperdonable: mirar lo concreto. Karl Marx escribió una frase que me servirá de brújula, y que cito porque las brújulas ajenas se agradecen: la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo; es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales. Traducido a mi idioma de forastero: si quieres saber qué es un humano, no lo mires a él; mira los hilos.
Porque eso fue lo primero que vi al llegar, y eso es lo que vosotros no podéis ver: los hilos.
Visto desde fuera, un ser humano aislado no existe. No es una unidad, como os gusta creer cuando decís "yo". Lo que existe, lo que de verdad se observa cuando se mira vuestro planeta con instrumentos honestos, es una trama: manos que sostienen cuerpos, voces que enseñan palabras, muertos que dejaron sembrado lo que los vivos cosechan, herramientas que guardan el gesto de quien las inventó, canciones que viajan de boca en boca durante milenios como una llama que pasa de vela en vela sin pertenecer a ninguna. El individuo que camina solo por la calle, convencido de haberse hecho a sí mismo, es una ilusión óptica. Una ola que se cree distinta del mar.
De todo lo que he observado en este planeta, hay un hecho —uno solo— del que puede deducirse casi todo lo demás. Un hecho humilde, fisiológico, que ocurre unas cuatro veces por segundo en algún punto de vuestro mundo y en el que casi nunca pensáis.
Nacéis inacabados.
Ningún otro animal de vuestro planeta llega tan pronto, tan desnudo, tan incapaz. El potro se levanta y camina en una hora. La cría de tortuga no conoce jamás a su madre y no la necesita. Vuestro recién nacido, en cambio, no puede sostener ni el peso de su propia cabeza. Si lo dejaran solo, moriría en horas, sin drama, como se apaga una brasa pequeña. Sois, técnicamente, fetos que respiran: el parto os expulsa a medio hacer porque vuestro cerebro creció demasiado para caber más tiempo ahí dentro. Terminaros de fabricar —enseñaros a andar, a hablar, a comer, a no morir— es un trabajo que el vientre delega en el mundo.
Y aquí está el descubrimiento que organiza todo este informe. Lo enuncio ya, en la primera página, porque no soy de los que esconden la llave hasta el final:
El ser humano es el animal que nace en deuda.
Nace debiendo lo que aún no es. Nace como un proyecto que otros tendrán que ejecutar: alguien tendrá que darle calor los primeros mil días, palabras los primeros mil meses, mundo durante los primeros mil intentos de entenderlo. Esa deuda no es una metáfora ni una culpa: es trabajo contante y sonante, horas medibles de brazos, de pecho, de paciencia, de comida masticada, de noches en vela. Nadie la elige y nadie se libra de ella. El emperador y el esclavo, la santa y el verdugo: todos fueron, durante años, esa brasa que alguien decidió no dejar apagarse.
Y como la deuda es impagable hacia atrás —no puedes devolverle a tu madre sus noches, ni a los muertos sus siglos—, solo puede pagarse hacia delante: trabajando, a tu vez, en cuerpos y en mundos que no verás terminados. De ese pago aplazado están hechas todas vuestras instituciones, todos vuestros ritos, todas vuestras obras: la magia y la ciencia, las máscaras y los mitos, los graneros y los funerales. De su cobro violento —de los que inventaron maneras de obligar a otros a pagar la deuda de ellos— está hecha, en cambio, vuestra historia más oscura: la esclavitud, el tributo colonial, la jornada de doce horas. Y de la manera en que cada pueblo lleva la contabilidad de esa deuda —quién debe qué a quién, a los vivos, a los muertos, a los que vendrán— están hechas las diferencias entre vuestras culturas, que son enormes, y la unidad de vuestra especie, que es mayor todavía.
Esto es lo que voy a intentar demostrar. No con abstracciones, sino como se demuestran las cosas en antropología: con huertos y con lagunas, con máscaras y con bronces, con un titán encadenado a una roca y con un tablero de madera y cuentas que guarda la memoria de un reino. Iré de lo más pequeño (un recién nacido) a lo más grande (la historia entera), y terminaré donde deben terminar los informes que se toman en serio a su objeto de estudio: en una guía práctica. Porque si de verdad sois el animal que nace en deuda, entonces la vieja pregunta "¿qué es el ser humano?" arrastra otra, más urgente, que os pertenece a cada uno: ¿cómo se vive bien una vida que empezó debiendo?
Un aviso antes de zarpar. Este informe está escrito con instrumentos fríos y pulso caliente. Me pidieron distancia y la tendré; pero os adelanto algo que descubriréis conmigo en la última página: de todas las especies que he estudiado en todos los mundos que he visitado, ninguna me ha costado tanto abandonar como esta. Hay una razón. También llegaremos a ella.

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