miércoles, 7 de febrero de 2024

HOMERO CANTA LA GESTA

 

Del poemario La música del mar: Poemas dedicados a Tolkien

  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8878677622

 

Homero canta la gesta

Canta, diosa, la marcha de los nueve
que una mañana de escarcha dejaron atrás Rivendel,
el valle elfo donde el agua no duerme,
llevando consigo la perdición del mundo:
un anillo de oro, no mayor que una moneda,
que Hefesto forjó en mala hora en su fragua
para Melkor, el de los pensamientos torcidos,
y que pesaba en el pecho más que todas las armaduras.

Iba delante Frodo, pies pequeños, carga enorme,
y a su sombra Sam, que había sido su jardinero
y ahora le cuidaba el alma como antes los rosales.
Iban Merry y Pippin, cachorros de la Comarca,
más atentos al desayuno que a la gloria
—y no se lo reprochéis: también Ítaca criaba así a sus hijos—.
Iba Gandalf apoyado en su vara,
viejo como los caminos, que sabía
lo que traman los dioses cuando callan.
Iba un montaraz de nombre escondido, Aragorn,
sangre de Elendil bajo ropa de cazador furtivo.
Iba Boromir con su cuerno de guerra al costado,
pensando en Gondor, su ciudad sitiada, y en su padre.
E iban los dos dispares, que acabarían inseparables:
Legolas, ojos de elfo que cuentan las plumas del halcón en vuelo,
y Gimli, hacha al hombro y barba roja,
que llevaba a sus muertos bien aprendidos de memoria.

Juntos cruzaron nieves, minas y bosques dorados,
esquivando trampas, contando bajas,
hasta el Anduin de aguas de plata. Y allí,
porque así lo hilaron las Parcas, se deshizo el nudo.

Frodo y Sam tomaron solos el camino del este,
derechos a Mordor, donde la sombra tiene trono.
Aragorn, Legolas y Gimli corrieron tres días hacia el oeste
tras los orcos, engendros de Tifón, que se llevaban
a Merry y a Pippin atados como fardos.
Boromir ya no corrió con ellos:
cayó erizado de flechas defendiendo a los pequeños,
y murió limpio, con el cuerno en los labios,
mejor de lo que había vivido.
Y en cuanto a Gandalf... eso había sido antes,
en el puente sin fondo de Moria:
allí plantó cara al Balrog, fuego y humo al servicio de Melkor,
lo venció en la cima entre relámpagos
y cayó con él, abrazado a su victoria.

Aquí acaba el primer canto, el de la Comunidad rota.
El segundo, el de las grandes guerras del Anillo,
lo cantaré otro día, si las musas me fían la voz
y el vino no me la quita antes.



 

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